Salmo

Todos tus caminos me son conocidos...
(Salmos 139.3)

Domingo De Ramos

Post on 19 Marzo 2018
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Entrada de Jesús a Jerusalén

 

 

Domingo De Ramos 2018

 

 

Libro del profeta Isaías (Is 50,4-7)

 

“Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados.

El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me echado atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba.

No oculté el rostro a insultos y salivazos.

 

Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado.”

 

 

Salmo Responsorial (Salmo 22)

R/. Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

 

Al verme se burlan de mí,

hacen visajes, menean la cabeza:

“Acudió al Señor, que le ponga a salvo;

que lo libre si tanto le quiere.”

 

Me acorrala una jauría de mastines,

me cerca una banda de malhechores:

me taladran las manos y los pies,

puedo contar mis huesos.

 

Se reparten mi ropa,

echan a suerte mi túnica.

 

Pero tú, Señor, no te quedas lejos;

fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

 

Contaré tu fama a mis hermanos,

en medio de la asamblea te alabaré.

 

Fieles del Señor, alabadlo,

linaje de Jacob, glorificadlo,

temedlo, linaje de Israel.

 

 

Carta de san Pablo a los Filipenses (Flp 2,6-11)

 

“Hermanos: Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo-, y toda lengua proclame: “¡Jesucristo es Señor!”, para gloria de Dios Padre.”

 

 

Versículo antes del Evangelio

 

“Cristo por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso, Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”.”

 

 

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos (Mc 15,1-39)

 

C. “Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes con los ancianos, los letrados y el sanedrín en pleno, prepararon la sentencia; y, atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.

Pilato le preguntó:

S. -¿Eres tú el rey de los judíos?

C. Él respondió:

+ -Tú lo dices.

C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.

Pilato le preguntó de nuevo:

S. -¿No contestas nada? Mira de cuántas cosas te acusan.

C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado.

Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre.

Pilato les contestó:

S. -¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?

C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo había entregado por envidia.

Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás.

Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:

S. -¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?

C. -Ellos gritaron de nuevo:

S. -Crucifícalo.

C. -Pilato les dijo:

S. -Pues, ¿qué mal ha hecho?

C. Ellos gritaron más fuerte:

S. -Crucifícalo.

C. Y Pilato queriendo dar gusto a la gente, soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

Los soldados se lo llevaron al interior del palacio -al pretorio- y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:

S. -¡Salve, rey de los judíos!

C. le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz.

Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de “La Calavera”) y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno.

Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: El rey de los judíos. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su der3echa y el otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: “Lo consideraron como un malhechor.”

Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:

S. -¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.

C. Los sumos sacerdotes se burlaban también de él diciendo:

S. -A otros ha salvado a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.

C. También los que estaban crucificados con él lo insultaban.

Al llegar al mediodía toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y a la media tarde, Jesús clamó con voz potente:

+ -Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.

C. (Que significa:

+ -Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?)

S. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

S. -Mira, está llamando a Elías.

C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber diciendo:

S. -Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.

C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

 

(Todos se arrodillan y se hace una pausa.)

 

El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.

El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:

S. -Realmente este hombre era Hijo de Dios.

 

 

Reflexión

 

Hoy, toda la Iglesia repite esa aclamación, que resonaba en los caminos que recorría Jesús de Nazaret mientras se acercaba hacia Jerusalén, la ciudad santa, por la parte del monte de los Olivos. Como había anunciado el profeta, se acercaba "montado en un asno y un pollino, hijo de animal de yugo" (Mt 21,5).

 

Hoy, la Iglesia se hace eco de aquel grito cuando celebra el Domingo de Ramos: un recuerdo de aquellos ramos que los peregrinos, llegados a Jerusalén para la fiesta de Pascua, cortaban y tendían por el camino, saludando así al Hijo de David.

 

¡Bendito el que viene!

 

Con estas aclamaciones a Cristo se le saluda en este Domingo de Ramos.

 

Cristo entra en Jerusalén por última vez, al término de su peregrinación terrena y realiza así los anuncios mesiánicos de los profetas. Los profetas habían hablado del ingreso triunfal de uno que sería al mismo tiempo rey y siervo, y ofrecería sus espaldas a los que le golpeaban y no escondería su rostro a los insultos y los salivazos (cfr. Is 50,6).

 

En los días siguientes en Jerusalén, se cumplió exactamente todo eso. Bastaron pocos días para que el Hosanna de júbilo se convirtiera en gritos muy diferentes, gritos de condena y de escarnio. ¿No es eso lo que había anunciado el Libro del profeta Isaías, gran evangelista del Antiguo Testamento? ¿No es eso lo que había predicho también el salmo mesiánico de David? Se cumplió esos días lo que se hallaba contenido en el salmo 22: Las manos y los pies taladrados en la cruz, los huesos contados en una lucha terrible con la muerte, el grito “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Todo eso se halla ya presente en esta liturgia del Domingo de Ramos, que abre la semana pascual de la Iglesia, la Semana Santa, en la que la comunidad eclesial, más que en cualquier otro período, desea estar con Cristo y permanecer junto a él para penetrar en la profundidad misma de su misterio pascual.

 

Aquél que "siendo de condición divina,... se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo haciéndose semejante a los hombres" (Fil 2,6-7) se nos presenta así: semejante a todos y a cada uno, especialmente a aquellos que tocan el fondo mismo del dolor. Así es. Mediante lo que resulta más difícil para nuestra condición humana, él, Cristo -siendo de condición divina, por su calidad de Hijo consustancial al Padre- "se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz" (Fil 2,8). "Por lo cual Dios lo exaltó..." (Fil 2,9). El Padre exaltó a su Hijo.

 

¡Este es el día elegido para entrar más profundamente en el número del misterio de la salvación, íntimamente inscrito en la vida del ser humano! Con ese misterio cada uno de nosotros debe establecer una particular alianza de corazón, de oración y de vida. De ese misterio de la redención de Cristo brotan las fuentes más fecundas de la vida y de la vocación del hombre. Aquí encontramos su fundamento más seguro, las palabras "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10,10).

 

Cuando con un profundo recogimiento, releemos el texto de la carta de San Pablo proclamando en la liturgia de hoy, es decir, las palabras sobre la humillación de Cristo y su exaltación por obra del Padre, vuelve a nuestra mente lo que el Señor dijo de sí mismo en la parábola del buen pastor, que da la vida por su rebaño. "Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida... Nada me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo" (Jn 10,17-18).

 

Nos encontramos en el corazón mismo del misterio de Don: don gratuito, don que da el testimonio más perfecto de la libertad, don que constituye la revelación del amor pleno que redime y salva.

 

Quien hizo ese don de sí mismo pudo decir también: "Yo he venido para que tengan vida..., para que la tengan en abundancia". La plenitud de la vida se encuentra donde está la plenitud del amor. Y ¿dónde se halla la plenitud del amor? Cristo nos ha revelado, precisamente, esa plenitud, plenitud que nos ha donado y nos sigue donando continuamente: plenitud inagotable.

 

Digamos hoy: ¡Bendita seas, cruz que peregrinas con los que sufren a causa de la violencia, la injusticia y la pobreza! ¡Bendito seas, signo de nuestra redención, signo del amor infinito, signo de la vida!

 

En ti adoramos a Cristo, que entra triunfante en Jerusalén para introducir a toda la Humanidad en el misterio salvífico de su muerte y resurrección.

 

Te adoramos a ti, que vienes a nosotros en el Evangelio y en la Eucaristía; que caminas a nuestro lado por todos los lugares para que tengamos la vida y la tengamos en abundancia.

 

 

Francisco Sastoque, o.p.

 

 

 

 

 

 

 

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